Comprar animales: seamos conscientes

Casi todo el mundo ha comprado un animal alguna vez. Los animales nos fascinan por muchos y muy diferentes motivos. Nos gusta ir a verlos, nos gusta tocarlos, y muchas veces nos gusta tenerlos.

Y quizá vendría bien reflexionar sobre estas palabras. Queremos tener animales, y la única forma que conocemos, es comprándolos. Así, en frío, da hasta cierto repelús, es de una soberbia que asusta. Pero es lo que hacemos.

Y realmente, convivir con un animal es una experiencia interesantísima, muy buena, y muy edificante. Si lo hacemos con la mirada adecuada, claro.

 

Percibir el mundo animal

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Con el ritmo trepidante de cada día, hemos perdido la capacidad de asombro. He oído ya muchas veces esta idea, y es cierta. No nos asombramos siquiera con las estrellas, porque ya no miramos al cielo nocturno. Tampoco nos asombramos por la vida. La vida es algo increíble, inexplicable en toda su complejidad, en sus miles de millones de formas.

 

Sin embargo, hemos convivido toda la vida con animales, los hemos asumido como parte de nuestra sociedad, y hacemos uso de ellos a nuestro antojo. Y a veces olvidamos que cuando compramos un perro, un gato, un pájaro, un reptil, un anfibio, un pez, o cualquier otro animal, estamos comprando a un ser vivo sintiente. Y, a su manera, pensante.

 

Maravillarse ante lo cotidiano

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Sorprendentemente, muchos acabamos pensando en algún momento “joder qué rollo, qué tranquilo estaría si no tuviera que…” Acabe el lector la frase con la situación que convenga. Hay miles. Pasear al perro, esquivar al gato, cambiar los muebles, recoger las heces, fregar un meado despistado, recoger jirones de algo que apreciabas, cambiar el agua del acuario, ponerle comida a los peces, limpiar la jaula del canario…

Sin embargo, es una responsabilidad que hemos contraído al adquirir a ese ser vivo. Una responsabilidad que hay que cumplir porque no son objetos. Puedes haber comprado una parrilla eléctrica que parecía muy molona, y luego darte cuenta de que ni la usas ni tienes dónde meterla, y bueno, la metes en una caja, en un altillo, o la tiras. Sólo habrás malgastado dinero.

Pero con un animal no puede uno hacer lo mismo. A menos que el animal sea el humano.

Hay que ser responsable antes de adquirir un animal

En esta época de crisis, donde seleccionamos tanto las compras, deberíamos ser especialmente responsables al adquirir animales. Pensar en las necesidades de esa criatura en concreto, el tiempo que requerirá, el gasto, el tamaño que alcanzará, etc.

Y sobretodo, disfrutar de todo lo que nos va a aportar ese animal. En el caso de los animales “sociales”, como perros, gatos, y similares, resulta asombroso cómo puedes llegar a comunicarte. Es una experiencia vital.

En el caso de los animales “no sociales”, como reptiles, anfibios, insectos, peces, crustáceos o buena parte de los pájaros, la fascinación parte de una mirada de naturalista auténtico. Sentarse un rato y sencillamente observar sus movimientos, sus relaciones. Un acuario con un decorado realista puede cautivar a una persona durante horas, por poner un ejemplo.

 

En definitiva, debemos ganar visión. Ser conscientes de la responsabilidad que adquirimos con el animal. Ni maltratar, ni descuidar, ni abandonar.

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